Los que han leído este blog sabrán que soy una fanática desquiciada de las bibliotecas chinas, y que feliz dedico un día entero a ir a un suburbio si la biblioteca lo amerita (y en mi experiencia siempre lo ameritan). En este caso, era una de las cosas que más me emocionaba de Beijing. La Beijing City Library se volvió medio famosa hace unos 8 años por su arquitectura que juega como con una temática de bosque, y de hecho fue la obra arquitectónica que me hizo darme cuenta de lo interesante que se estaba poniendo China a nivel infraestructura pública (más allá de sus trenes y puentes).
Cuando digo suburbio es suburbio. La biblioteca está como a 30 km del centro de la ciudad (igual llegas en metro sin tema alguno), en Tongzhou, una ciudad en si misma con 2 millones de habitantes. Como buen suburbio chino, la gente vive en complejos de edificios altísimos y todo está rodeado de parques, lagos y obras que buscan hacer al suburbio un lugar verdaderamente habitable: teatros, museos, paseos, etc. La biblioteca está en un bosque urbano donde hay un Performing Arts Center atascadísimo y un museo de sitio, además están construyendo un mega museo de arte y hay instalaciones deportivas y otras cosas. El bosque tiene un canal, caminos y algunas rutas para bici – aunque había partes restringidas para la bici, ni modo-.
Y ahora sí, cómo explicar la belleza de la biblioteca. Creo que las fotos le tendrán que hacer justicia. TODO estaba increíble. Los “árboles” que sostienen el techo, las “montañas” donde se sienta la gente a leer y a trabajar y funcionan como grandes libreros donde está la colección general y de libros extranjeros, y adentro de ellas están las colecciones especializadas: arte y música, infantil y libros raros, cada una decorada para el mood de la colección. Hay salas de exhibición con expos increíbles, cafeterías, todo tipo de salas y equipos (high fi rooms, salas de grabación, instrumentos, proyectores, etc.). La biblioteca estaba llena de gente: estudiando, leyendo, hangeando y hasta echando siesta.
Después de pasar un rato ahí, viendo a la gente (y lamentándome sobre todo lo que podrían hacer nuestros impuestos), salí a recorrer en bici el bosque/parque. Un calorón de aquellos, pero muy lindo, aunque se ve que hay todavía mucho en construcción – segurito en unos años va a estar incre incre- sigue valiendo muchísimo la pena pasear por ahí.
Seguí andando un rato y tomé de nuevo el metro de vuelta a la ciudad. A mitad del camino me desvié al norte para ir a una zona industrial reutilizada como espacio de arte y diseño: 798 Art District. El espacio es enorme, y hay un poco de todo; tiendas de arte, diseño, muebles, vintage, artesanías, restaurantes, bares, galerías (unas medio medio, tipo pop art chafa) y museos. La verdad ya estaba cansada, entonces la recorrí con calma, pero no vi ni de broma todo. Compré un par de cositas muy monas y eché una chelita en un bar con mucha ondita. Finalmente, regresé a mi hotel agotada, pero antes paré por unos dumplings deliciosos.
(Ah, las primeras dos fotos son de una mini librería en un antiguo templo a lado de mi hotelito)

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